Dr. Héctor J. Martínez Covaleda (Bogota) ABRIL 21 DE 2020
La revolución de 1781 en la Nueva Granada ha contado con importantes y documentados estudios que se pueden sintetizar en cuatro grandes bloques: En primer lugar, están aquellos que consideran que fue movimiento esencialmente anti-fiscal y coyuntural, aunque no subestiman otros factores, y por tanto consideran que su propósito fue reformista y no cuestionaba la legitimidad de la Corona española (Camacho, 1925; Lucena, 1982; Halperin Donghi, 1985; Ocampo López, 1994 y 1995; Lynch, 2001). Otro bloque, el mayoritario, considera que el propósito fundamental de los comuneros fue la independencia o secesión de la Nueva Granada del dominio de España, ante la opresión absolutista de la monarquía, constituyéndose así, en un antecedente o una etapa previa a la independencia que se registró a principios del siglo XIX (Briceño, 1880; Arciniegas, 1938 y 1988; Rodríguez, 1950; Cárdenas, 1960; Posada, 1971; Friede, 1981). El trabajo reciente del historiador Inglés Jonathan I. Israel (2011) muestra la presencia del pensamiento “ilustrado” entre los sublevados de 1781 en la Nueva Granada y, a través de ella, la idea de independencia y soberanía entre los sublevados. Un tercero, afirma que el movimiento de los comuneros fue, además de independentista, con la excepción de Liévano, una guerra social que terminó por la traición de las élites criollas (Liévano, 1964; Aguilera, 1985; García, 2006).
Un cuarto, y que se ha constituido en el referente historiográfico obligado y de mayor influencia, es el trabajo del historiador estadounidense John Leddy Phelan (2009). En El pueblo y el Rey: La revolución comunera en Colombia, 1781, que fue publicado por primera vez en castellano en el año 1980, afirma que la revolución comunera fue una crisis política y constitucional que enfrentó a la Corona con las élites criollas. Esta opinión la comparten autores como los historiadores británicos Antony McFarlane (1997), John Elliot (2006, 2010) y la historiadora colombiana Margarita González (2005B) y, en general, cualquiera que aborde el tema de los comuneros, como parte de una obra mayor, casi olvidando cualquier antecedente historiográfico anterior o posterior a esta obra. También la sigue, en cierto sentido, el historiador estadounidense Allan J. Kuethe (1993), aunque él le otorga un papel más destacado a la dimensión militar, concluyendo que la falta de una reforma militar que acompañara a la reforma tributaria y administrativa de la Corona fue lo que permitió que la revolución comunera prosperara. En verdad, el libro de Phelan se convirtió en EL libro sobre la historia de la revolución de la Nueva Granada. No hay trabajo que aborde el tema comunero sin tener presente, y casi en exclusiva, ese estudio. Se ha percibido como el culmen y, a veces, como el final de la investigación sobre esta temática. Es una razón adicional que nos lleva a concentrarnos en este autor.
Los estudios precedentes sobre la revolución de 1781 carecen de algunos elementos que consideramos imprescindibles para el análisis de su dinámica. Un tema importante y abordado en forma poco adecuada por la historiografía es la transición de un tipo de acción y reivindicación hacia otra más elevada o al menos diferente. Así por ejemplo, no existe una explicación convincente sobre el mecanismo que permitió que las primeras jornadas contra el alza de los impuestos se convirtieran en un movimiento político más complejo. Esto es, el paso de los motines dispersos a la revolución. Según nuestra opinión, la historiografía sobre el tema, con contadas excepciones, poco distingue y explica las diferentes etapas por la que atravesó la revolución y, en menor medida, las causas por las cuales estas se presentaron. Es poco claro, por ejemplo, como ocurrió el tránsito desde los primeros “motines” de marzo de 1781 a una acción colectiva político-militar para la toma del poder en Santafé de Bogotá. Existen varias teorías sobre las precondiciones que configuran el inicio de un conflicto político, las cuales sintetizó Rudé en su estudio sobre las revoluciones (2000) , pero, como él lo advierte, es menor la atención que se le otorga a cuestiones tan importantes como “la forma en que continúan las revoluciones más allá de cierto momento en el tiempo y el cómo y porqué finalizan”, es decir, más allá de lo que denomina Charles Tilly (1995) la constitución de una “situación revolucionaria”.
Poca atención recibe el “factor subjetivo” o el elemento humano organizado durante estos procesos, esto es, el comportamiento del “actor” dirigente, sus líderes y los grupos sociales aliados. En el caso de la historiografía sobre los comuneros neogranadinos, existe la tendencia a hacer desaparecer al “actor” en el trascurso de los acontecimientos y poner a actuar a las “ideas” o a las categorías económicas o sociales en su reemplazo como si fuera un proceso “natural”, donde los hombres son una especie de encarnación de esas categorías, restando el carácter antropomórfico de los cambios. Los determinismos no han sido superados. Se pasó libremente de un determinismo económico y social a uno ideológico/cultural. Un elemento a tener en cuenta es la característica del actor dirigente, el “quien” del que hablara Rudé, que es el que permite que una “situación revolucionaria” se convierta en una revolución; en particular, las razones que llevaron no solo a poder sino a querer asumir el papel de dirigente del cambio.
Representativo de la dificultad de caracterizar el movimiento comunero es el trabajo de la historiadora norteamericana Jane M. Rausch (1997) quien estudió los “comuneros olvidados” de los Llanos del Casanare, al oriente de la Nueva Granada, y donde se pueden encontrar elementos que validan tanto las teorías de los “fiscalistas” como los que la ven como revolución social frustrada, pero se suma, finalmente, a la perspectiva de Phelan sobre la crisis constitucional. La única hipótesis que rechaza de tajo esta autora es la presencia de la idea independentista en los comuneros. Si bien hay una excesiva concentración en los aspectos fiscales por parte de la historiografía, ya sea como explicación del origen o como uno de los objetivos de la revolución, ésta ha merecido grandes y oportunas críticas. No obstante, éste aspecto no se debe subestimar, dado que, como se ha sugerido, el “anti- fiscalismo” en las protestas sociales, lejos de ser una expresión inmadura o primitiva, es un rasgo definidor de la conducta y el discurso revolucionario en el Antiguo Régimen y, además, un factor importante en la transformación política y social por las implicaciones que éste aspecto tiene sobre la erosión de una de las principales bases de la sociedad estamental: la exención tributaria de los grupos privilegiados (Gil Pujol, 2006). Sin embargo, como lo explica Josep Fontana (1978, p.16), los cambios fiscales deben entenderse siempre dentro del contexto, considerando las actitudes políticas de los grupos dominantes (y subalternos, se debería agregar) en las que debieron moverse los intentos de reforma de la hacienda pública.
En consecuencia, no es pertinente despreciar el abundante legado de la perspectiva “fiscalistas” del movimiento comunero dado que poseen una médula racional que logra explicar parte importante del problema, aunque se haya tendido a sobredimensionar su importancia. Este tema, en forma aislada, no logra explicar la actitud de las élites y los grupos subalternos frente a las medidas tributarias y las motivaciones de la elección de la protesta frente a otras alternativas o actitudes que habían asumido en el pasado, en circunstancias similares. Una forma más adecuada es la que acoge, por ejemplo, Garavaglia y Marchena (2005, cap.3), donde la relación presión fiscal-resistencia social durante la colonia latinoamericana, se explica en función de la voluntad de una acción colectiva, la cual cambiaba sus formas y expresiones cuando mutaban los actores y los sectores sociales en el tiempo. Para ellos la revolución comunera en la Nueva Granada, que revisan rápidamente dentro de las numerosas sublevaciones Andinas del siglo XVIII, fue esencialmente anti-fiscal pero es analizado en un contexto de un amplio enfrentamiento social previo. Esto les permitió sugerir la existencia de diferentes proyectos políticos entre sus participantes.
Sobre los motivos independentistas del movimiento comunero parece existir suficiente bibliografía y respaldo documental para concluir que se contempló esta posibilidad entre los insurrectos. No obstante, este argumento pierde legitimidad al sobreponerlo a otras razones explicativas, y al presumir un consenso en ésta aspiración entre todos los participantes de la revolución. Como sostuviera Eric Van Young (2006, pp.29-30), en la bibliografía romántica/nacionalista se describe a los sectores populares como si hubieran acudido en masa en pos de la bandera independentista, movidos por una especie de reflejo pavloviano, luchando codo a codo con los cabecillas criollos más allá de las clases y etnias. Para Van Young ésta en una visión articulada desde la élite y en una teleología oficial estilo whig.
En la Nueva Granada de 1781, la perspectiva independentista parece estar más presente y consciente en una fracción de las élites que hacían parte del poder colonial y entre los grupos indígenas. El “pueblo” y sus líderes estuvieron más preocupados por problemas prácticos e inmediatos, aunque estos temas eran en esencia políticos por tratarse del bienestar público. Desde los primeros escritos que evalúan la revolución de 1781, como el del capuchino Fray Joaquín de Finestrad que escribió su tratado en el año 1789 titulado El vasallo instruido en el Estado del Nuevo Reino de Granada y en sus respectivas obligaciones, que publico enteramente González (2005B), se afirmó que las élites (los buenos vasallos) buscaron separarse del Imperio y desconocer la obediencia debida al rey; por esta razón, había que “instruir” a los súbditos en sus “obligaciones” con el monarca. Igual cosa encontró Jonathan Israel (2011) al evaluar diversos documentos de la época como la autodenominada “Cédula del pueblo”, que fue el catecismo de los plebeyos de Guanentá, así éste fuera escrito por el aristócrata marqués de San Jorge. Tanto el uno como el otro, con una diferencia de más de dos siglos, encontraron huellas de la “ilustración” entre los insurrectos de 1781 y concluyeron que fueron esas ideas las que infundieron el deseo independentista.
xEsa idea independentista también se ve presente en las diversas expresiones utilizados por los contemporáneos, suficientemente resaltadas por la historiografía “tradicional” y patriotera. Igualmente, como lo resalta la historiografía y como aquí lo demostramos, se encuentran abundantes documentos y manifestaciones de contemporáneos de esa idea como las del ministro de Indias José de Gálvez, el virrey Manuel Antonio Flórez, el visitador-regente Francisco Gutiérrez de Piñeres, la Junta de Tribunales y el arzobispo-virrey Caballero y Góngora, entre muchos otros, y en las consignas que se escucharon en medio de la multitud en la medida en que el movimiento avanzaba, tanto en tiempo como en complejidad, y se alejaba del epicentro de la revolución, proclamando, incluso, a Tupac Amarú como sustituto del rey de España, investidura que no solo provino de los indígenas sino también de un amplio colectivo. Sólo la bibliografía cercana a la posición de Jonh Leddy Phelan ha cuestionado este planteamiento.
Si bien cada uno de los autores referenciados estuvieron influenciados por las preocupaciones de su presente, el estado del conocimiento sobre la materia y las metodologías utilizadas en su indagación, se percibe una tendencia a caracterizar el movimiento en función de un momento específico del mismo y no como resultado de la evaluación de la revolución comunera en su dinámica; actitud ésta que implica analizar los cambios de actores, las alianzas y contra-alianzas, la reacción de las fuerzas participantes, de situaciones políticas y militares y de ampliación geográfica de la revolución. Esto no significa que todos, casi sin excepción, hagan un recorrido desde los primeros “motines” hasta la culminación de la revolución (aunque algunos indican su origen en el momento en que se involucraron las élites en la revolución, desconociendo todos las acciones previas, y lo dan por terminado en el momento de las “capitulaciones”) sino que se fijan en un punto privilegiado para obtener sus conclusiones.
Están aquellos que enfatizan en los primeros “motines” de la Villa del Socorro, epicentro del alzamiento, con su consigna de no pagar el impuesto de Barlovento y contra los monopolios, lo que lleva a caracterizar este movimiento como “reformista”, que tan sólo pretendió derribar las medidas fiscales adoptadas por el visitador, que fijaba y reglamentaba impuestos y estancos en forma arbitraria; es por esta razón que se concentran, excesivamente, en los efectos fiscales y la única consigna que resaltan es “viva el rey y muera el mal gobierno”. Otros se han fijado en el momento de las “Exclamaciones” de los capitanes generales donde afirmaban que asumían el mando de los plebeyos en forma obligada, el pacto entre las élites comuneras y la junta de gobierno en la ciudad de Zipaquirá y en la participación conjunta en la desmovilización y represión de los sectores populares y, por tanto, encuentran la simiente de “traición” en las élites, forjada desde el principio.
Otros fijan su atención en el momento de la expedición de las “capitulaciones” del 5 de junio que se pactaron entre autoridades reales y la dirigencia comunera. Desde esta perspectiva, se han hecho diversas lecturas: unos las ven como la manifestación de las aspiraciones y demandas de todos los grupos sociales participantes, y por tanto concluyen que el acuerdo fue democrático, y otros como la manifestación del arreglo constitucional a la vieja forma de gobernar semi-autonómica y por tanto “conservadora”. Otros se concentran en los supuestos resultados de la revolución, donde una vez superada esa crisis se dejó intacto el poder de las élites criollas en el Estado colonial. Se mira el origen y la trayectoria de la revolución desde el espejo retrovisor de los resultados. Phelan, por ejemplo, considera que el movimiento comunero sólo pretendió formalizar el “cogobierno” vigente entre las élites y la monarquía ante el desconocimiento que hizo el visitador Gutiérrez de Piñeres del “pacto implícito” que se registraba en la “constitución no escrita” vigente en 1781. Nuevamente se debe indicar que parte de la explicación de la postura de este historiador se deriva de la excesiva concentración en un momento específico de la revolución y no en su desarrollo.
El sólido trabajo del abogado e historiador colombiano Mario Aguilera Peña (1985) se coloca en una mejor posición para analizar el tema. Observa la revolución comunera desde la perspectiva de su composición social, resalta la presencia y actuación de los sectores subalternos y el desplazamiento geográfico del movimiento lo que permite visualizar mejor los cambios en las aspiraciones de los diversos grupos participantes. No obstante, para este historiador la élite criolla es homogénea y sus objetivos consensuales, con una que otra disensión sobre el momento y lugar de la negociación con el Estado. Si bien ve al “pueblo” en una rica variedad social no profundiza en el conocimiento de un sector fundamental del mismo: los campesinos y su relación con la industria artesanal. El estudio de Aguilera identifica que el centro del conflicto estuvo en el problema agrario pero no logra integrar este tema en la explicación del origen y dinámica de la revolución.
Nuestro objetivo de esta parte del trabajo es estudiar la revolución de 1781 en su dinámica, dinámica donde se manifestaron las diversas y cambiantes aspiraciones e intereses de los grupos participantes en la contienda. Destacamos como se formaron, consolidaron y cambiaron sus opiniones y cómo éstas se concretaron en acciones políticas y militares, sin olvidar que se debe dejar un espacio para las contingencias humanas. Si bien las confrontaciones políticas y militares directas de la revolución comunera duraron unos pocos meses, aproximadamente entre marzo y octubre de 1781, se debe tener presente, como afirmara John Elliot, “las revoluciones van adquiriendo velocidad por si solas (y) van acompañadas de tensiones y presiones dentro de la sociedad que pueden fatalmente desbaratar su equilibrio normal”. Por esta razón las actuaciones, propósitos y discursos de los agentes sociales y sus líderes cambian rápidamente y, precisamente, en esto radica la complejidad de la tarea que aquí emprendemos si deseamos derivar conclusiones plausibles para la comprensión de este importante suceso que convulsionó a la América española en el siglo XVIII.
Los grandes ausentes en casi toda la historiografía sobre el movimiento comunero son los campesinos, la gran masa de los habitantes de la Nueva Granada, pese a que diversos estudios han revelado su importancia y su papel en la sociedad durante el siglo XVIII. Incluso en regiones con una importante presencia de mano de obra esclava, como Popayán y Cartagena de Indias, el mejor investigador de la época colonial colombiana, Germán Colmenares (1990), observó su tránsito hacia “sociedades campesinas” en la segunda mitad del siglo XVIII. Lo mismo se puede decir de las regiones de Boyacá y la Costa Atlántica estudiada por Fals Borda (1979 y 1957) y Meisel (1988) y el Alto Magdalena (Bejarano, 1986; Tovar H, 1980; Clavijo, 1993). De otro lado, los estudios sobre la formación y funcionamiento de la hacienda agropecuaria han venido encontrando que ésta operaba fundamentalmente con campesinos arrendatarios, pese a la presencia de otras fuentes de mano de obra como los vivientes, peones, aparceros, esclavos e indígenas, dependiendo de la región y su historia. Pero al lado de ellas, durante el siglo XVIII, surgieron los campesinos independientes que eran propietarios o poseedores de la tierra que trabajaban, principalmente en las dinámicas economías y sociedades de Guanentá (hoy departamento de Santander) y Antioquia.
La ausencia de los campesinos es una omisión incomprensible por parte de la historiografía sobre los comuneros. Ésta se puede explicar por dos razones: en primer lugar, la actitud ante la historia que privilegia a las élites como las formadoras de la conciencia “nacional” y, por tanto, se creen obligados a registrar sus huellas o antecedentes y, en segundo lugar, por la dificultad que implica encontrar los rastros de los sectores subalternos en los documentos. La ausencia del campesino en el análisis del movimiento comunero, incluso dentro de los historiadores de las “izquierdas” (marxista y liberal), ha conducido a algunos errores de interpretación: ha inducido al olvido selectivo del movimiento de otras regiones diferentes al Socorro; a problemas de periodización al omitir los levantamientos que se registraron en el Alto Magdalena, los Llanos, Cauca y Antioquia; a resaltar sólo el proyecto político de las élites y restar importancia a la actuación del ala plebeya de los comuneros, personificado en José Antonio Galán e Isidro Molina y los demás líderes plebeyos de las provincias.
Se enfatiza con demasiada fuerza por parte de la historiografía sobre el carácter urbano de la revolución en la Nueva Granada pero poco se explora la composición social de las “ciudades” y, por tanto, poco o nada se indaga, si en los primeros motines había una masa importante de campesinos y qué explica su participación en ellos. Esto se podría entender si, siguiendo a Thompson (1979B) y Rudé (2000), se observa a los campesinos en su doble calidad, tanto de productores agrícolas como de consumidores, que les permite una actuación “horizontal” con otros sectores subalternos. De igual manera se debe contemplar que este grupo social se encontraba en consolidación y que sus actividades eran diversas, combinando su trabajo en la tierra con labores diversas supuestamente urbanas. Tampoco se ha explorado si, en la medida en que el movimiento ganó espacio y profundidad, los conflictos sociales latentes se manifestaron en forma abierta y adquirieron características también rurales. De hecho, la actuación de los comuneros en el Alto Magdalena y los Llanos tuvieron importantes episodios rurales, además de sus manifestaciones urbanas, y de confrontación social (Aguilera, 1985, Rausch, 1996).
La otra cara de la moneda es el trabajo de Phelan. Su estudio sobre la Revolución está centrado en la protesta de las élites por la forma en que se tramitaron las reformas, como ruptura de la “constitución no escrita” vigente. Los aportes de Phelan al conocimiento de las élites criollas, entre otros aspectos, son importantes, pero no puede dar cuenta de la contribución del “pueblo” por sí mismo, independiente de la élite, de valorar la participación de los plebeyos, excepto en su respuesta al carisma de los líderes de las élites o sus actuaciones se explican por la apropiación de las ideológica de las élites. El “pueblo” no existe excepto como masa de apoyo para las élites, toda vez que, opina, este compartía los mismos puntos de vista y la misma ideología “tradicional” de la élite.
Según el historiador colombiano Marco Palacios y el estadounidense Frank Safford (1999, p.682), Phelan “presenta la rebelión comunera como si fuera un minueto entre las élites criollas y los funcionarios de la Corona”. En la medida en que ignora la independencia de los sectores subalternos en cualquier actuación o pensamiento durante la revolución, pese a ser un movimiento profundamente popular, esta idea lo lleva a buscar un origen conspirativo del mismo, agenciado por las élites criollas, en particular por las santafereñas. Para esta corriente historiográfica la política se restringe a las decisiones y acciones del Estado y de sus funcionarios, de la cual hacían parte las élites criollas, y las transacciones entre ellas. El análisis lo concentra en la reforma política que redujo la participación de los criollos en los organismos centrales de poder; idea que ha sido cuestionada por Jaime Jaramillo Uribe (1994B) al demostrar que el visitador no solo quería contrarrestar la influencia de los empleados criollos sino de todos aquellos funcionarios, incluidos los españoles, que tuvieran enlaces familiares con las élites criollas, y no para reemplazarlo por españoles, como cree equivocadamente Phelan, sino por funcionarios leales al rey, incluso si ellos eran nacidos en América.
Phelan al reducir el motivo de la “Revolución” a un problema de procedimiento, de tipo constitucional e ideológico, deja a un lado las hondas transformaciones sociales y económicas ocurridas especialmente en el siglo XVIII en la Nueva Granada que no sólo no permitían la transacción tradicional entre las élites y la monarquía, sino que, por otro lado, olvida las contradicciones con el resto de la sociedad mayoritaria que no hacía parte de las mismas (campesinos, artesanos, trabajadores, esclavos, indígenas, mercaderes, etc.), sectores que, además, fueron los que iniciaron la revuelta y que le imprimieron un característico tinte popular, que lo diferencia de las guerras independentistas del siglo XIX. Para él no parece existir otros sectores sociales de importancia que las clases altas o, cuando mira hacia abajo, supone que los sectores subalternos son entidades pasivas que actúan en función de su guía espiritual: las élites.
La perspectiva de Phelan es unilateral pues no tiene en cuenta uno de los polos magnéticos de la cultura y la política en el Antiguo Régimen. Para E.P. Thompson (1995A, p.109), el modelo patricios/plebeyos instituía “una fuerza ideológica por derecho propio”, “un campo bipolar de fuerza” que define la historia durante el antiguo régimen. La posición de Phelan, para utilizar las expresiones de Ranahit Guha (2002), es propio de una “historiografía elitista”, que comparte con la historiografía conservadora, especialmente con Pablo Cárdenas Acosta (1960), entre otros, la presunción de que la historia fue una obra exclusiva de las élites, concretada en las personalidades o ideas de las mismas. Una empresa esencialmente idealista en que la élite condujo al pueblo hacia sus propósitos. Como sostiene el historiador español Jaume Torras (1976, p.23), existe la tendencia a “negar toda sustantividad” a los campesinos y sectores populares, reduciendo su actuación a “comparsas de una función que otros protagonizan”.
Phelan explica la participación de las élites en la revolución comunera por la exclusión del poder que gestionó la Corona y no por cambios económicos y fiscales que ella introdujo, que él considero “modestos”. Esto lo demuestra con el proceso de desmantelamiento de las “roscas” criollas existentes en la Audiencia durante la época de la Visita de Gutiérrez de Piñeres. Si bien esto puede ser válido para entender el motivo del malestar de la élite burocrática de Santafé no logra explicar la relación de la misma con las élites regionales que participaron activamente en la revolución comunera. Es más, no queda claro en qué medida se vieron afectadas las élites criollas santafereñas con la exclusión del poder en los organismos centrales -además de la pérdida del status y sueldo asociado a él- y tampoco como ésta circunstancia permite explicar su participación y/o la promoción de la revolución comunera, aunque estos sean deducibles. Es por esto que la explicación de Phelan es casi exclusivamente ideológica.
En una mejor perspectiva se ubica Antony McFarlane (1997, Pp. 394-404) que si bien comparte la visión de Phelan en el sentido de que se trató de “una grave crisis política”, y no de un movimiento independentista ni de una crisis social, opina que el problema fue más allá de un abstracto tema constitucional. Plantea que hubo motivaciones económicas y razones de política local que explican la participación de las élites en el movimiento. Para él, el movimiento comunero fue esencialmente regional, estructurado en torno a la política local de las pequeñas poblaciones y aldeas del área del Socorro, que no pretendieron derrocar el sistema político sino una “protesta” dentro del mismo sistema. Si bien la observación de McFarlane con respecto a lo local es adecuada para entender las motivaciones de las élites del Socorro, epicentro de la revolución, deja un sabor estático en su análisis. Poco se observa la dinámica, las etapas y los cambios en los objetivos y percepciones de las élites comuneras. No queda claro, por ejemplo, porqué fue posible la articulación de las diversas fuerzas locales, anteponiendo sus intereses, en un movimiento general que cubrió a todo el reino. Además, no desarrolla las motivaciones económicas a las que alude, aunque están sugeridas y su trabajo está cargado de información valiosa para encontrarlas, de tal forma, que su énfasis, siguiendo a Phelan, se encuentra en las razones políticas, pero con acento en lo local.
En esta perspectiva se requiere integrar críticamente los aportes de la historiografía existente que decante y ordene la información y los argumentos explicativos. Igualmente es necesaria una nueva revisión de archivos y contar nuevamente los acontecimientos dentro de una perspectiva más dinámica. Este ejercicio nos permitió conocer, más exhaustivamente, el funcionamiento de la sociedad granadina, los intereses de sus componentes sociales y entender sus intereses, aspiraciones y discursos y, por tanto, los actos que desplegaron durante los 180 días de la revolución comunera de 1781. Claro está, que esto requirió profundizar en el conocimiento de las articulaciones entre el aparato estatal y las élites, el entronque entre las élites del centro y la periferia provincial, las relaciones entre el “pueblo” y los patricios y conocer mejor a los campesinos en sus dinámicas y relacionamiento mutuo con el resto de sectores populares y las élites locales. Un análisis separado del comportamiento de cada grupo social se vuelve unilateral y poco explicativo de sus motivaciones y actuación en un movimiento masivo como lo fue el de los comuneros de 1781.
Como ya lo mencionamos anteriormente, el gran ausente en la historiografía de la revolución de 1781 son los campesinos pese a ser el grueso de la población de la Nueva Granada y, en particular, en las regiones donde nació la revuelta plebeya, pese a las menciones que de él se hace en la historiografía. Expresiones como el “desplazamiento masivo de los campesinos…en busca de su libertad”, “revolución campesina” comunera como una de las tres etapas de la independencia de Colombia (Arciniegas, 1988) son de las pocas referencias a este grupo social por parte de la historiografía sobre los comuneros. Posada (1971), uno de los historiadores marxistas de los comuneros, no los menciona y cuando se refiere al “pueblo”, solo habla de un “Común” que buscaba la Independencia “nacional”. Phelan (2009) solo vio un campesino, a José Antonio Galán, el símbolo popular de los comuneros entre los colombianos, pero lo observa en su calidad de subordinado a las élites; en su análisis simplemente los campesinos no existen como grupo social y mucho menos como actor consciente; ni una sola mención en el capítulo intitulado “Patricios y plebeyos” ni una sola vez en el capítulo “Una utopía para el pueblo”.
Por otra parte, existe la percepción general es que la revolución de 1781 fue enteramente urbana y desarrollada alrededor del cabildo. Pero se olvida con frecuencia que las “ciudades, villas y lugares”, que era el lugar de la “república de los blancos”, tenía un hinterland rural gigantesco donde laboraba la mayor parte de la población. Esa fue una de las novedades y cambios profundos de la economía y la sociedad del siglo XVIII en la Nueva Granada. Contrasta la falta de atención a los campesinos en la revolución con la importancia que le ha otorgado la historiografía europea y latinoamericana a los suyos en sus “Revoluciones”, en particular en la francesa e inglesa. Desde esta perspectiva, se han desarrollado todo un corpus interpretativo de los campesinos como sector subalterno. Los trabajos de Soboul (1980), Rudé (2000), Thompson (1995), entre otros, le dan una importancia notable a este grupo social como elemento explicativo de los movimientos sociales en la era preindustrial. De igual manera los estudios sobre los movimientos sociales en el Perú y el Alto Perú en 1780 han resaltado el papel de los indígenas-campesinos en su desarrollo (Gölte, 1980; O´Phelan Godoy, 1988), igual sucede con el papel de los campesinos en el movimiento independentista promovido por Hidalgo en México (Van Young, 2006, Tutino 1990; Florescano, 1995).
Curiosamente, otro de los aspectos poco tenidos en cuenta es la participación del “común” en una revolución que se ha llamado los comuneros. Una revolución comunera sin comuneros. La referencia a los comuneros se ha referido a un acontecimiento temporal, pero no como una entidad indispensable para el análisis y que fue una realidad material y espiritual para los participantes en 1781. Si bien los dos grandes bloques de la sociedad del nororiente de la Nueva Granada eran los patricios y los plebeyos, con sus respectivos hombres visibles, fue el “Común” el que se movilizó en bloque ya fuera dirigido por los plebeyos o por lo “hombres buenos y honrados”. Ninguno de los dos se sustrajo en la Villa del Socorro de actuar en forma más o menos consciente en cada una de las etapas de la revolución. Este es un punto que poco o nada se ha sido tenido en cuenta y que queremos rescatar por lo que provee muchas luces sobre la evolución de la revolución comunera de 1781.
Estos vacíos en la historiografía sobre la revolución de 1781 indican la necesidad de avanzar en un trabajo de investigación que los supla. Esto implica volver a narrar unos acontecimientos que se suponen suficientemente conocidos, pero ahora desde una perspectiva más dinámica, esto es, observar la revolución como un proceso donde las reivindicaciones y acciones van variando o consolidando, dependiendo de la respuesta del grupo(s) implicado(s) y los ajustes que cada uno de ellos que se ven impelidos a realizar en respuesta del otro, en una dinámica de permanente retroalimentación. No es suficiente saber quién se veía afectado por una medida sino, también, como respondió éste y qué ajustes requirió en su comportamiento para llevarlo adelante. Las relaciones unilaterales de causa-efecto no son suficientes puesto que la segunda parte de la ecuación se ve afectada por la acción “consciente”, generando una nueva causa y un nuevo efecto. Se debe reconocer la amplia variedad social y sus especificidades para poder llevar a cabo esta tarea. En la narración de los “hechos” encontramos acontecimientos “nuevos”, en el sentido de que la historiografía no los había revelado o le había prestado poca atención pero que son de fundamental importancia para comprender la dinámica y avanzar en una caracterización más adecuada sobre la Revolución de 1781.
